Chihuahua, a 30 de junio.— El Hospital Central de Chihuahua parece vivir días de fuego cruzado: por un lado, personal médico y de enfermería que lanza denuncias anónimas cargadas de frustración y enojo; por el otro, pacientes que padecen la consecuencia directa de un ambiente laboral tóxico y desgastante. Y en el medio, autoridades que juran que todo está “en calma”, mientras el humo de la inconformidad se cuela por cada pasillo.
El relato se vuelve casi crónica de una tragedia anunciada: “Queremos hacer una denuncia anónima por este medio, a jefatura del Hospital Central en contra de Luis García e Isabel Montana…” inicia una de las quejas recibidas, que acusa directamente a quienes describen como “jefes ineptos” de orillar a compañeras con base y clave 509 a renunciar. “A ti Isabel Montana, ¿cuándo has trabajado en salas generales? Jamás, no te quieres ensuciar las manos…”.
Y no se detienen ahí: la lista de nombres crece, el resentimiento también. “Somos grupos de enfermeras con más de 20 años en nuestro amado hospital central, ¿cómo es posible que trabajemos bajo estos tratos? Sonia Carmona, ¿alguna vez has defendido a su personal de enfermería?” preguntan, dejando entrever que la lealtad institucional hace mucho se perdió en el camino.
Como era de esperarse, esta tensión también salpica a los pacientes. En la redacción se acumulan quejas sobre maltratos y desdén por parte del personal, algo que en el mejor de los casos termina en un “espere su turno” con mirada hostil y, en el peor, en negligencia directa. Y es que, ¿qué puede esperarse de quienes están obligados a sonreír cuando apenas pueden respirar en medio de grillas, jefaturas autoritarias y cambios de turno que empeoran el cansancio?
Porque, según las autoridades responsables de salud en el estado, la estrategia para “aliviar tensiones” fue precisamente esa: hacer “algunos cambios” en los horarios y turnos del personal. Una receta que, de acuerdo con los afectados, resultó peor que la enfermedad.
“Con sus mentados cambios lo hicieron para perjudicar, como le pasó a Gustavo Lara y a muchos más con estudios, pero vale más la maldad en todos los jefes. Queremos fuera a Isabel Montana y Luis García y todos sus jefes amigos” concluye otro mensaje que destila hartazgo.
Mientras tanto, en el discurso oficial todo marcha según lo planeado. Pero basta entrar a cualquier sala para notar que, detrás de las paredes blancas del hospital, se cocina a fuego lento un conflicto que ni los mejores analgésicos logran calmar. Y, como siempre, quienes más terminan pagando son los que menos culpa tienen: los enfermos… y las enfermeras de a pie, que todavía sueñan con volver a amar su trabajo.